Los medios en fotografía: foros, portales, plotters, laboratorios y salas de exposición.

No es extraño, cuando uno navega por los diversos foros de fotografía de la Red, observar que a veces se exponen imágenes poco contrastadas y/o saturadas que en la mayor parte de ocasiones reciben críticas en este sentido por parte de buen número de usuarios. Observaciones como “encuentro la imagen empastada”, “los colores podrían ser más vivos” o “satúrala más” forman parte del día a día forero y, prácticamente, en todas las ocasiones, las respuestas de los fotógrafos que se sienten aludidos son las mismas: “el histograma es correcto” o “está así para que quede bien a la hora de imprimir/revelar”. En concreto, el argumento de la impresión o el revelado es el que se lleva la palma y muchas veces, además, es proferido por profesionales de reconocido prestigio una y otra vez.

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En otras ocasiones, y siempre navegando por la red, también podemos encontrar críticas más o menos fuertes hacia fotógrafos de fama internacional por la “baja calidad de sus trabajos”, cuando se exhiben en sus propias páginas personales o en cualquier otra. En general, si esto sucede suele iniciarse un debate acalorado entre los partidarios del fotógrafo y sus detractores, que nunca suele llevar a nada especialmente claro.

El caso es que creo que a veces uno debería detenerse y analizar como son los tiempos que corren. La sociedad, con el paso de los años, se ha ido dinamizando y la imagen ha llegado a penetrar muy hondamente en nuestras vidas. Se estima que una persona que viva en una ciudad normal, que no llegue al medio millón de habitantes, y que tenga unos hábitos comunes, observa diariamente alrededor de mil fotografías. Por otra parte, en nuestro día a día cada vez disponemos de menos tiempo: todo pasa muy rápido y, además, con los actuales medios de difusión de información nuestra capacidad de sorpresa se ha reducido prácticamente a cero. En menos de treinta años hemos asistido a explosiones nucleares demoledoras, como la de uno de los reactores de la central de Chernobyl; hemos visto aviones cargados de pasajeros colisionando contra el símbolo del poder financiero estadounidense; hemos asistido a la caída y alza de numerosos gobiernos; hemos presenciado innumerables guerras, devastadores atentados, enormes desastres naturales… y aquí estamos, como si nada, y, además, tan tranquilos.

El cambio en las formas de vida ha llevado también aparejado una modificación de los medios visuales y los soportes. Antes, un buen aficionado a la fotografía (o un profesional) además de tomar sus propias imágenes adquiría libros y visitaba exposiciones con asiduidad a fin de mantenerse en contacto con el mundillo de las cámaras. Hoy puede hacer exactamente lo mismo, pero sin moverse de casa. Lo más normal es que disponga de un ordenador gracias al cual visita diversas páginas relacionadas con el mundo fotográfico, páginas en las que aprende nuevas técnicas y también en las que conoce, sin lugar a dudas, gran número de nuevos fotográfos cuya carta de presentación es, en el mejor de los casos, una página web elaborada y, en el peor, una pequeña miniatura que forma parte de una galería en la que hay muchas otras. También es probable que nuestro hombre pase, actualmente, bastante tiempo frente a su ordenador (que puede utilizar todos los días) y vea muchísimas más fotos que antes. Probablemente continuará comprando libros o visitando determinadas salas de exposición, pero serán actividades que seguramente realice de forma mucho más puntual. Igualmente, está claro que todas las fotos que observará gracias a su computadora serán mostradas en el monitor, un medio con características únicas, físicas y de presentación, que poco tiene que ver con el clásico papel. Por si fuera poco, también es muy posible que el 99,9% de las tomas que observe hayan sido obtenidas utilizando una cámara digital y posteriormente procesadas con un programa de edición de imagen (típicamente Photoshop).

Analicemos un poco entonces nuestra situación como fotógrafos digitales que quieren darse a conocer. Si decidimos mostrar nuestras fotografías en alguno de los muchos portales existentes a lo largo y ancho de la red probablemente caeremos en la cuenta de que, en cuanto subamos la imagen, competirá de forma inmediata con muchas otras tomadas por multitud de autores que serán mostradas junto a ella. Por otra parte, es muy probable que tan sólo permanezca en la portada de la página unas horas en el mejor de los casos, horas que a veces se reducen tan sólo a unos minutos o segundos, ya que rápidamente nuestra amada obra será arrastrada por las nuevas incorporaciones si la página en cuestión tiene suficiente tráfico (y es lógico suponer que sí, ya que la hemos elegido para hacer llegar nuestro trabajo al mundo exterior). Por si esto fuera poco, es sumanente sencillo que nuestro particular público cumpla el perfil que he descrito más arriba: en un alto porcentaje de casos será una persona muy acostumbrada a ver fotografías en todos lados (y a veces de gran calidad), tan poco impresionable como cualquiera de nosotros hoy en día, y que pasará la vista rápidamente por un conjunto de miniaturas al tiempo que elige ver aquellas que más destaquen. ¿Qué es lo que nos interesa entonces en este contexto?, es evidente que llamar la atención. Nuestra foto debe ser un reclamo potente ya desde la propia miniatura, porque habrá de competir con otras 20 o 30 fotos dentro de una página web que probablemente poseerá un logotipo propio y que estará cargada de texto y colorines. Debemos lograr, utilizando tan sólo unos pocos cientos de píxeles, que los eventuales mirones elijan nuestra imagen y no otra, o, al menos, que la nuestra sea una de las escogidas. Nuestro observador quizá sea un avezado fotógrafo de gran calidad pero nada le vincula a nosotros: si no le ofrecemos algo excepcional pasará sobre nuestra foto como si nada, porque ya se ha encontrado muchas veces con lo mismo que le estamos mostrando.

Si tenemos suerte, habremos logrado que “alguien” haga click sobre nuestra foto en algún lugar del mundo y comience a cargar nuestra trabajo. Aquí entramos en una segunda fase tan delicada como la anterior: la imagen debe pesar poco para que no se ralentice su carga (está prácticamente demostrado que una demora superior a 15 segundos conllevará que cierren la ventana que iba a mostrarla). Debemos, por tanto, comprimirla suficientemente y también elegir, si podemos, un servidor rápido que nos permita solventar la papeleta y posibilite la visualización completa de nuestro trabajo.

Asumiendo que todo vaya bien habremos llegado a la tercera fase: alguna persona estará contemplando nuestra toma, pero es muy poco probable que se detenga en ella más de unos segundos, a lo sumo 10 si no somos capaces de captar su atención. Es el tiempo que disponemos para impresionar a nuestro observador y convencerlo de que debe analizar la foto en detalle y visitar nuestra página web o galería personal, porque nuestro trabajo vale la pena. Es evidente, por tanto, que nuestra imagen debe impactarle al primer golpe de vista, igual que ya hiciera la miniatura. En esta ocasión, el nivel de detalle que él observa en la foto es mucho mayor y lo tenemos algo más fácil, pero tampoco demasiado. Nuestra tarjeta de visita debería mostrar colores rotundos (o blancos y negros fuertes), composiciones claras, centros de atención bien visibles y un mensaje, si lo hay, directo y potente. Estamos en pleno siglo XXI y la posibilidad de que alguien se pare a apreciar con toda la calma del mundo los delicados ejercicios y florituras compositivas de instantánteas aparentemente discretas es muy remota. Nosotros pretendemos impresionar al observador final para que visite nuestra web, de modo que tenemos que lograr un contacto inmediato: una conexión muy similar a la persiguen los cada vez más agresivos anuncios publicitarios, ya que, de alguna forma, también estamos publicitando nuestra propia obra.

Los medios en fotograf�a: foros, portales, plotters, laboratorios y salas de exposición.

La otra opción es que queramos darnos a conocer en un foro de los muchos que existen. Algunos de ellos son de pago, pero la mayor parte no, de forma que, tras la pertinente presentación, o lo que sea, subiremos una foto a ver qué dice la gente sobre ella. Aparentemente el escenario es diferente del anterior, pero analizándolo descubriremos que ambos guardan muchos puntos en común. Ahora nuestra miniatura ha sido sustituida por un post con título propio, título que, como es normal, debemos elegir con cuidado y además tiene que ser informativo o, al menos despertar curiosidad. En los foros, sobre todo aquellos con mucho tráfico, la velocidad de recambio de temas es muy alta y tenemos que procurar hacernos notar antes de que nuestra obra de arte se vea relegada al olvido absoluto. Después de esto, la situación será muy similar a la anterior: cualquiera que haya entrado en nuestro tema observará la foto y, con bastante seguridad, buscará en ella unos criterios estéticos determinados (colores llamativos o contrastes fuertes, mensaje directo e impacto visual). Si le gusta o ve algo digno de mención nos lo notificará y puede que luego visite nuestra web personal, si no le llama la atención, lo más probable es que directamente no diga nada y pase a otro tema, o bien, en el mejor de los casos, nos sugiera como corregir nuestros errores. Por otra parte, navegadores como el cada vez más común Firefox han dinamizado más que antes el sistema de observación de fotografías en los foros: la navegación por pestañas permite que un usuario cualquiera abra a la vez 20 o 30 temas y pase muy rápido entre ellos, a medida que va descartando las fotografías que observa. Como es evidente, no queremos que el nuestro sea cerrado a las primeras de cambio, de forma que debemos intentar hacer “algo” fotográficamente hablando para retener al observador. Como vemos, no es una navegación como la que se basa en observar miniaturas y seleccionarlas, pero se asemeja a ella en gran medida.

Con todo lo expuesto aquí parece evidente que debemos seleccionar cuidadosamente aquellas fotos que van a ser nuestra carta de presentación. Es posible que tengamos una imagen extraordinaria en la que hayamos recogido finísimos detalles y que sea totalmente espectacular ampliada a un metro en papel baritado, pero desgraciadamente, nadie en la red va a verla a semejante resolución y mucho menos en dicho soporte, de forma que tendríamos que descartarla de antemano porque es muy posible que a 640×480 o a 800×600 todos sus detalles se hayan perdido y la imagen se muestre como algo totalmente anodino de cara al observador final. El argumento de dejar suaves las fotos porque están procesadas para su impresión o revelado también se cae, actualmente, por su propio peso. ¿Qué sentido tiene subir a un medio determinado una imagen que ha sido preparada para su presentación en otro totalmente distinto?, ¿no será más lógico procesar dos veces la fotografía si es que se puede?. Nuestra imagen, impresa, puede ser impresionante, pero resulta que nadie a través de su ordenador va a verla así y, lo que es peor, la están tomando como muestra representativa de nuestro trabajo. Con los histogramas también pasa algo muy parecido: una fotografía de 10 megapíxeles puede poseer un histograma perfecto para su revelado pero es muy posible que si reducimos su tamaño hasta el de presentación en la web necesite un reajuste adicional de niveles o curvas, así como un reenfoque y quizá un aumento de la saturación (curiosamente, el proceso de reenfocar es el único que actualmente se asume con gran naturalidad).

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(ejemplo de foto que nadie verá).

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(ejemplo de foto que nadie verá 2.0).

Resumiendo: hay fotografías que bien reveladas, a un tamaño adecuado y observadas como se merecen resultan impresionantes. Ciertas fotos tomadas con cámaras determinadas utilizando lentes particulares y correctamente positivadas o impresas pueden ser totalmente conmovedoras si se admiran colgadas en una sala de exposiciones adecuada, pero no es menos cierto que, a baja resolución y comprimidas en JPG 50% pueden perder absolutamente todo su encanto y parecer pequeños churros que nada tienen que ver con la toma original (éste es el origen, de hecho, de muchas grandísimas controversias entre aficionados acostumbrados a los criterios del mundo digital y grandes maestros de antaño, carne de sala de exposición, que no se han adaptado a él). Por eso, en muchas ocasiones, debemos tener cuidado al valorar el trabajo de alguien mediante su observación exclusiva en la Red, ya que los equívocos pueden llegar a ser realmente grandes. Sin embargo, sabiendo esto, nosotros, como fotógrafos digitales, hemos de ser los primeros en elegir correctamente nuestras cartas de presentación: debemos tener claras las características que han que cumplir las fotos que decidamos exhibir en la red, debemos analizar la resolución final a la que van a ser presentadas y debemos, en última instancia, procesarlas y comprimirlas para que se vean de forma idónea en esas condiciones (a tamaño web y no a 1,5 x 1 metro y ploteadas). Si alguna de nuestras tomas, a pesar de sus bondades, no cumple los requisitos necesarios para ser mostrada en un monitor a pequeño tamaño sin perder su fuerza o captar la atención de forma muy rápida, lo más prudente sería reservarla para otro tipo de uso o mostrarla dentro de nuestra galería o página personal, pero formando parte del conjunto de toda nuestra obra (para que alguien que ya se ha interesado por nuestro trabajo observe la foto con calma) no como presentación de la misma en un foro, en un portal o en la portada de nuestra propia web. De hecho, si logramos que alguien visite nuestra página porque le hemos sorprendido gratamente estará en condiciones de poder valorar con mucha más calma aquellas fotos menos llamativas que podamos alojar en ella, simplemente porque las ha realizado alguien que él considera un buen fotógrafo y tendrá curiosidad por ver que hay de especial en dichas tomas.

No me gustaría terminar el artículo sin aclarar que no estoy defendiendo una postura simplista de selección de fotos chabacanas para que todos se detengan en ellas. Cuando hablo de imágenes que “cumplan unos requisitos” no estoy aludiendo a las típicas fotos “de siempre” que todos más o menos sabemos hacer y que llaman la atención a costa de emplear recursos fáciles y composiciones archiconocidas. Tampoco me refiero a que mostremos un desnudo a toda costa si es que disponemos de él, aunque ya se sabe que esto es prácticamente un reclamo seguro (da igual que la foto sea burda y chambona). No, cuando hablo del criterio de selección me refiero a que, entre nuestras mejores imágenes, aquellas que consideramos que sobresalen realmente por algo y merecen la pena, elijamos, a ser posible, las más llamativas de cara al mundo exterior, pero sin bajar nuestro listón ni caer en tópicos fotográficos que tampoco dirían nada bueno de nosotros a cualquier persona que estuviera mínimamente preparada. Pretendemos llamar la atención, sí, pero a un público de calidad (aunque inconscientemente esté sujeto a los patrones comportamentales de nuestro siglo). Es evidente, pues, que seleccionar nuestro portfolio en un medio tan frenético como la Red será una tarea muy difícil, pero también uno de los factores más importantes de cara a nuestro propio beneficio.

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