Entre suites y favelas.

Hace muy poco tiempo estuvimos pasando el fin de semana en casa del señor lur y la señora Gtti, que muy amablemente tuvieron la moral de acogernos mientras gorroneábamos cama y comida😀. Lur y yo íbamos a hacer un trabajo de estudio, pero al final, por cosas de la vida, no pudo ser y decidimos dejarlo para un poco más adelante, así que nos dedicamos a pensar en ciertas sesiones que tenemos pendientes en el futuro y rascarnos bastante la barriga el resto del tiempo. La sorpresa principal, aunque ya había estado con ella en el II Congreso Caborian, fue comprobar como Intza (hija de nuestros anfitriones) pasó de ser un bebé inmóvil a convertirse en una criatura tremendamente activa que incluso intenta comenzar a caminar por su cuenta. Además de eso, y a pesar del carácter peligroso e impredecible de su padre, Intza es la mar de sociable y pasa la mayor parte del tiempo con una sonrisa en la boca, gracias, sin duda, a los genes maternos.

Entre suites y favelas.

Muy bien… ¿y qué tiene que ver todo esto con la fotografía?. Bueno, algo de relación sí hay. Resulta que cierta tarde estábamos todos en el salón de casa jugando con la niña, que se lo pasaba como los indios encima del sofá a base de dejarse caer sobre unos cojines, cuando, como es muy fotogénica, decidí sacar la cámara y montar el 50mm f/1.4 para sacarle una serie de fotos sin flash mientras jugaba. En general, los resultados fueron del todo desastrosos, porque nunca recuerdo lo rápido que se mueven los niños hasta que intento fotografiarlos, así que para una persona como yo, acostumbrada a pensar cada foto cinco minutos o más, una situación del estilo requiere cierto periodo de adaptación (igual que cuando voy a un concierto). El caso es que después de mucho disparar, y de que lur llamara a Intza repetidamente a ver si miraba a la cámara, logré sacarle una foto que no me disgustó demasiado, aunque la hubiera encuadrado un poco más hacia la izquierda, si hubiera tenido tiempo. Como se puede adivinar, es la imagen que ilustra la portada del artículo y en ella aparece una Intza aparentemente seria y asustada, cuando realmente estaba en un lapso entre dos carcajadas.

Como decía, la foto tiene algún que otro problema: en primer lugar, el encuadre, y en segundo lugar, esa zona blanca del jersey. Sin embargo, gracias al tamaño y expresividad de sus ojos la imagen más o menos funciona y tiene fuerza, de modo que nos decidimos a procesarla para matar el tiempo. En primer lugar, pensamos en hacer el típico virado “piel perfecta”, pero viendo la expresión casualmente seria de la niña decidimos aprovecharla y realizar otro virado mucho más drástico, que resaltara la textura de la piel y diera más peso a la mirada. Después de procesar la imagen durante un rato, oscureciendo ligeramente alguna zona y procurando que el jersey no cobrara mucho protagonismo, obtuvimos la versión definitiva a partir del siguiente original:

Entre suites y favelas.

Tras mirar la foto detenidamente, lur y yo no pudimos evitar reirnos y comentar que realmente la instantánea en blanco y negro parecía tomada en un orfanato moscovita, habida cuenta de la cara de la niña y lo lanoso de la ropa. Incluso, poniéndonos “hartistas”, podríamos considerar el encuadre como un plano de castigo, de esos que, según los técnicos, desasosiegan e inquietan al espectador. Nada que tuviera que ver con una tarde apacible de primavera, jugando entre risas en el sofá de casa con cuatro personas.

El caso es que no es la primera vez que me pasa algo de esto y son ya unas cuantas las fotos que, buscadas o no, pueden interpretarse de mil formas dependiendo de la historia que uno decida contar al mostratarlas. El asunto no me tranquiliza, ya que cada vez estoy más acostumbrado a oir cuentos por parte de un montón de “sufridos” autores que luego se presentan como totalmente falsos y únicamente buscan justificar las carencias de cierta obra en base a la sensiblería y la cháchara barata. En este tema todo vale: inventarse pretendidos madrugones y paseos por lóbregas avenidas; mostrar montajes “photoshoperos”, burdos y de gusto dudoso, que luego son defendidos a capa y espada como imágenes reales; hablar de la profunda emoción que nos invadió al realizar tal o cual toma… o cualquier otro disparate que se le ocurra al pretendido martir.

Sin embargo, hay otra clase de mentira mucho peor que aquella que sólo persigue disimular nuestra falta de pericia. Así, en ciertos círculos (generalmente adinerados) se estila sobremanera la adopción de determinados roles sociales por parte de algunos individuos que crean alrededor de su persona una especie de aura artístico-bohemia de crítica socio-política desgarrada que, por supuesto, suele ir acompañada de un montón de fotos de denuncia realizadas por ellos mismos (en su mayor parte con cámaras de 3000 euros y objetivos de precio similar, que, sin duda, son totalmente necesarias para ilustrar perfectamente el hambre y la necesidad del mundo cruel en el que a todos nos toca vivir).

Este último fenómeno es realmente curioso y podríamos plantearnos qué tipo de carencia espiritual profunda puede obligar a un ser humano a actuar así. En general, si el falsario es un hombre, la primera causa de mentira y adopción de vestimenta reinvindicativo-alternativa suele ser intentar congeniar con el sexo opuesto más fácilmente, ya que de todos es sabido que un tipo comprometido e interesante, que por las noches recorre la ciudad con la cámara a cuestas como improvisado cronista de la vida y la muerte, resulta más atractivo que aquel otro que se dedica a dormir plácidamente sobre su cama roncando cual cerdo con tirantes. Sin embargo, otros hombres y mujeres prefieren llevar un poco más allá su disfraz y pretenden, además de parecer bohemios comprometidos y personajes de mundo, disfrazarse de periodistas improvisados y erigirse en monumentos vivientes a la hipocresía. Algunos de ellos no dudan en realizar incluso viajes a lejanas tierras (por supuesto, de la forma más lujosa posible) para regalarnos posteriormente el espíritu con penosas fotografías de niños hambrientos (o no) y contar cómo vivieron angustiados aquellos terribles momentos de confrontación con los aspectos más crudos de la existencia humana. En este último caso es del todo imprescindible que los personajes fotografiados sean auténticos mendigos o, al menos, lo parezcan. Además, también es interesante que se muevan en un entorno lo más cutre y apestoso posible, y si algo choca con esta idea de ultra-miseria se clona y a otra cosa, que para eso tiramos en digital. Dependiendo del poder adquisitivo de cada uno los lugares de safari variarán notablemente y, así, en los casos más extremos, nuestra vista será simplemente regalada con una imagen del heroinómano del barrio, que si bien no es tan tierno como un niño, resulta igualmente basante emotivo. Una vez perpetrada la cacería todo serán historias increíbles: encuentros mágicos con personajes místicos en cabañas exóticas, confesiones de navajeros y chulos en bares recónditos, atracos simulados, sobrecogimientos espirituales… lo mismo da que no hayamos salido del coche, que dispusiéramos de escolta policial, o que clonáramos la mitad de la foto, son los típicos detalles sin importancia que a nadie interesan, aquí lo que importa es emocionar. Muchas veces, y dependiendo de hasta donde lleguen las redes del “reportero dicharachero”, éste incluso podrá buscarse un enchufe dentro de alguna publicación que se ocupe de dorarle la píldora y rellenar un montón de páginas con un trabajo que no le pagará, aunque eso es lo de menos, su cupo de ego estará ya totalmente cubierto, aún a costa de robar la ocupación a los verdaderos fotoperiodistas.

¿Cuál es la última motivación de todo esto?. Resulta aparentemente difícil analizar el asunto racionalmente y comprender qué puede llevar a un personaje adinerado y fotográficamente mediocre a cometer la falta de respeto supina que implica robar el trabajo a los verdaderos profesionales y satisfacer su ego a costa de seres humanos moribundos. Tampoco es sencillo asimilar que alguien pueda tener el cuajo y la caradura de vivir más que regaladamente y luego proclamar en público su dolor y sufrimiento por unas gentes a las que jamás ayudará y trata peor que a sus propios animales. Sin embargo, no es tan complejo dilucidar el por qué de estas curiosas pautas comportamentales, ya que, después de todo, el ser humano, como animal que es, está sujeto a los mismos patrones primarios de supervivencia y competencia que el resto de las especies. El afán de superación, el deseo de trepar a costa de lo que sea, el ansia nunca satisfecha de llegar más allá, de pisar al prójimo, están totalmente improntados en nuestros genes, de modo que sólo los espíritus más cultivados y de moral más férrea pueden elevarse por encima de esto y disfrutar de forma sencilla, sin afán de exhibición, de su arte o fotografía. El resto, el mediocre y triste 98% restante, no puede escapar de ese primer instinto de competencia que llevó a devorarse, hace millones de años, a los primitivos microorganismos que habitaban los tranquilos mares prehistóricos. Tampoco debemos culparlos, dicen que a eso debemos nuestra evolución, por mucho que nos pese.

No quiero terminar la reflexión de hoy sin comentar que, a título personal, no me molesta en absoluto la actitud de aquella otra persona que viaja a determinado país simplemente a fin de conocer su modo de vida y ampliar sus conocimientos para luego recoger con su cámara ciertas escenas, crudas o no, que mostratará después amigablemente, comentando el día a día de aquellas gentes, con sus miserias y sus alegrías, sin hacer juicios de valor baratos, rasgarse las vestiduras por la desigualdad ni cebarse fotográficamente en la desgracia ajena y el morbo más cutremente castizo. Es más, yo sería el primero en realizar una expedición de esas características. También veo encomiable el trabajo del fotoperiodista real, cronista de sucesos en los que no interviene (aunque pueden costarle el pellejo) porque sencillamente no es su función y porque sabe que si realmente está implicado con determinada causa lo mejor que puede hacer es mostrarla al resto del mundo, en toda su crudeza si es necesario, pero siempre con respeto y para que se tomen las medidas oportunas. Sin embargo, no toleraré a todos aquellos que son juez y parte, a todos los que día a día, con su forma de vida, con sus pequeños o grandes gestos excluyentes, con sus formas elitistas y derroche hortera y snob, hacen aún mayor esa desigualdad que luego osan criticar atribuyendo su origen a la feroz sociedad occidental de la que ellos mismos forman parte en grado superlativo, exhibiendo sus características más odiosas.

3 respuestas a Entre suites y favelas.

  1. aj dice:

    Plas, plas, plas!!!!!

    Vaya, si señor una buena reflexión……. viendo como ha comenzado pensaba que iria por otros derroteros, pero el resultado me ha molado.

    Este, junto con el de los Hartistas son un par de articulos a seguir.

    Un saludo

  2. J. Alfaro dice:

    Sin duda alguna un post más que interesante y una reflexión más que acertada. Hay mucho caprichoso en este mundo y de falsa imagen. De hecho creo saber de quien se trata en tu post😉 Un saludo Alberto!

  3. bosco dice:

    “Resulta aparentemente difícil analizar el asunto racionalmente y comprender qué puede llevar a un personaje adinerado y fotográficamente mediocre a cometer la falta de respeto supina que implica robar el trabajo a los verdaderos profesionales y satisfacer su ego a costa de seres humanos moribundos.”

    O de tías buenas…👿 Aunque hace tiempo que escribiste esto, sigue estando vigente a fecha de hoy.

    Como Alfaro, creo que se de quien hablamos…

    Un saludo CHE.

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