La costa de la muerte.

Todos los años procuramos escaparnos unos días durante Semana Santa a un sitio u otro. El caso es que nunca hay mucho tiempo, así que tenemos que buscar destinos que nos queden, más o menos, cerca de casa. Inicialmente habíamos planeado acercarnos hasta las Bárdenas de Navarra, pero se ve que desde que el señor Rafa Irusta hizo los fotones del fin de semana navideño es un destino muy solicitado, así que cuando llamé para reservar un apartamento alguien me dijo al otro lado del teléfono que los alojamientos que buscábamos estaban alquilados desde “hacía muchos meses”. Total, que visto lo visto, al final nos decantamos por ir a la Costa de la Muerte, en Coruña, donde se emplazan algunos faros que deseábamos visitar desde hacía mucho tiempo.

La costa de la muerte.

Después de mirar en varios sitios decidimos alojarnos en Muxía, ya que encontramos un hotel rural muy apropiado y que además, estaba muy bien de precio (bueno, realmente no había ningún otro en la zona, así que puedo decir que después de todo fue cuestión de suerte). El plan era ir a pasar unos días más vacacionales que fotográficos, pero aprovechar también para tirar alguna que otra toma si se presentaba la oportunidad. Total, que el jueves 13 de Abril salimos David, Marisol, Inés y yo en el coche camino del pueblo gallego con la esperanza majadera de llegar a una hora presentable. Realmente, el viaje pudo haber sido notablemente peor, de forma que nos encontramos con los atascos de costumbre pero una vez que salimos de Asturias y entramos en Galicia todo se despejó y a eso de las seis de la tarde llegábamos al pueblo sin mayores contratiempos.

Muxía es una población pequeña y costera. Arquitectónicamente no parece tampoco una gran maravilla pero no está nada mal y se localiza en una zona muy despejada, lo que da bastante sensación de libertad cuando se pasea por el pueblo. El turismo ha llegado, pero de forma muy tímida, y, así, el primer día nos las vimos y deseamos para encontrar a las once de la noche un bar abierto en el que poder cenar algo, ya que unos no servían comidas a esas horas, otros no tenían pan… finalmente localizamos un establecimiento donde ofrecían mariscos de gran calidad y carne de cerdo, también muy buena, así que nos quedamos allí. Señalar que los precios fueron bajísimos, porque no llegamos a pagar cincuenta euros por la cena de los cuatro, con percebes incluídos.

La causa de nuestra cena tardía fue básicamente el motivo de siempre: habíamos decidido tirar unas fotos al faro del pueblo. La verdad, la edificación no resultaba demasiado espectacular, siendo, como es, un simple apoyo al faro Vilán, que no está muy lejos. Estuvimos rondando por la zona desde las 7 de la tarde y a mí, personalmente, no me convecía ningún encuadre de los posibles: o me molestaba la luz del sol, o se veía el aparcamiento, o no se apreciaba el mar, o pasaba cualquier otra cosa. Tras mucho darle vueltas al tema, a base de subir y bajar los riscos de la zona, decidí buscar un primer plano y tirar la foto utilizando un angular. La suerte quiso que encontrara un charco que reflejaba la edificación y que, además, estaba cerca de una pequeña planta que había florecido, de forma que, más o menos, ya tenía todos los elementos para hacer la típica postal… el horizonte quedaba muy centrado, vale, pero lo tomé como exigencia del guión🙂. Al final hice dos fotografías, una al atardecer y luego otra nocturna, con una exposición que rondaba los cinco minutos. Decidí presentarlas en un díptico, ya que no había movido el trípode y pensé que la cosa podía tener su gracia.

La costa de la muerte.

Al día siguiente decidimos recorrer un poco la zona cercana a Muxía, así que planeamos un itinerario que pasaba por varios pueblos, como Camariñas o Camelle. La ruta incluía una visita al Cabo Vilán, (en el que se emplaza un faro bastante famoso del mismo nombre) y también otra parada en el parque eólico que existe por la zona. Por el camino nos detuvimos en la Iglesia de Cereixo, muy curiosa porque a su alrededor se asienta un cementerio que prácticamente viene a cubrir toda la superficie periférica del edificio, siendo muy difícil caminar sin pisar alguna tumba. En cualquier caso, dado el desgaste de la mayor parte de lápidas (y tendiendo en cuenta que algunas han sido utilizadas para fabricar bancos), la gente del lugar no debe preocuparse excesivamente por el detalle. La luz no acompañaba en absoluto, aunque tiré la inexcusable foto de recuerdo que luego viré a blanco y negro (además de la “hartistada” de la escalera). Tras un rato, decidimos ir hasta el faro.

La costa de la muerte.

La costa de la muerte.

El faro Vilán está enclavado en un risco de paredes cortantes y resulta francamente atractivo, siendo uno de los más cuidados y llamativos que vamos visitando. Observando la edificación a la una de la tarde supimos de inmediato que teníamos que volver inevitablemente por la noche a intentar hacerle la foto de rigor, así que nos dedicamos a buscar el encuadre que nos pareció más adecuado para regresar, más tarde, a tiro fijo.

La costa de la muerte.

(alrededores del Cabo Vilán)

Tras la corta visita diurna al faro decidimos ir a comer a Camariñas, un pueblo cercano en donde tan sólo tardaron dos horas en servirnos unos bocadillos y cuatro croquetas, para pasmo general de todos los clientes (al menos los visitantes del pueblo) que dudaban entre marcharse, armar directamente un escándalo o aguardar con paciencia para no arruinar demasiado las vacaciones. Todo parecía indicar que el turismo había tomado por sopresa a la gente del lugar, o bien que directamente no contaban con él. Esta impresión vinimos a confirmarla en Camelle, el siguiente pueblo, con muy pocos establecimientos y bastante desolado.

Camelle es un lugar curioso. No diría que atractivo, pero sí merece la pena visitarlo ya que está enclavado en un área costera bastante particular: la piedra resulta cortante y agresiva, pero prácticamente no hay elevación sobre el nivel del mar, por lo que me imagino que en ciertas épocas del año las olas de la zona pueden llegar a ser verdaderamente memorables. Además, también se pueden contemplar los restos de la vivienda de un ermitaño alemán, que llevaba por allí unos treinta años y murió de pena con el vertido de chapapote. Según reza en las guías turísicas, el lugar donde moraba el nórdico es actualmente un “museo” y la verdad, no digo yo que no pudiera serlo, pero para ello alguien debería molestarse en retirar el acordonamiento policial y acondicionarlo para poder visitar el interior de la vivienda.

Como entre uno y otro se nos había hecho un poco tarde, volvimos a Cabo Vilán para hacer la foto del faro. Sin embargo, cuando llegamos constatamos que aún había demasiada luz y, además, un atasco en la pequeña carretera que conduce a la edificación, así que nos desviamos para visitar el parque eólico, que resulta realmente impresionante. Es difícil apreciar la envergadura de los molinos de viento hasta que uno está debajo. En nuestro caso pudimos comprobar que los había de varios tamaños, que iban desde “muy grande” hasta “monstruoso”. Al final, detuvimos el coche bajo el mayor de ellos e intentamos hacer alguna foto que permitiera dar una idea de la enormidad del molino y el vértigo que daba mirar hacia arriba y verlo girar. Por desgracia, fue inútil porque carecíamos de puntos de referencia que informaran sobre la talla del gigante (además, en las fotos tampoco suena el fú-fú-fú de las aspas).

La costa de la muerte.

Cuando por fin llegamos al faro ya quedaba poco para que se pusiera el sol, así que subimos hasta la zona elevada desde donde habíamos decidido tomar la fotografía, encuadramos, y esperamos a que cayera la noche y se encendiera la linterna del edificio. Había un viento de mil demonios, pero como ya lo habíamos previsto llevábamos cosa de cuatro capas de ropa cada uno, de modo que no tuvimos problema con esto, aunque ciertamente parecíamos muñecos Michelín. El caso es que la espera nos la amenizó el propietario de una Olympus E-500 que había subido a fotografiar el atardecer y luego se decidió a tomar una foto nocturna. Resultaba medio reconfortante su presencia, aunque la conversación se limitó a preguntarnos por la apertura, velocidad de obturación e ISO utilizados, además de añadir si podía ver el encuadre que habíamos elegido. Después nos confesó que se estaba congelando allí arriba y desapareció como la chica del autoestop. Tal vez fuera un sueño, nunca lo sabremos. En fin… ésta es la fotografía que tomé allí arriba, y por suerte, a pesar del viento, el 190ProB fue suficiente e impidió que la cámara trepidara. Es una lástima que el mar estuviera tan en calma, pero no tuvimos elección.

La costa de la muerte.

Al día siguiente decidimos acercarnos hasta Coruña y dar una vuelta por la ciudad. La capital es muy monumental y realmente atractiva. Tiene cosas curiosas, como la presencia de un puerto industrial de carga y descarga dentro de la propia urbe, pero la impresión general es muy positiva: las galerías de la zona del muelle, la impresionante plaza de María Pita o el Casco antiguo, con tiendas de todos los precios y pelajes posibles, configuran un entorno muy agradable para dar un paseo y admirar la zona. Por mi parte, quedé bastante impresionado con el ayuntamiento, así que me decidí a hacer una panorámica de toda la plaza. La procesé por zonas, para contrastar y dar algo más de vida al cielo, y luego la viré en plan decadente, porque me pareció que le pegaba bastante al entorno.

La costa de la muerte.

En Coruña decidimos comer en un restaurante un poco en plan bien, pero realmente no pudimos escaparnos de las dos horas de espera de rigor, aunque en esta ocasión, ninguno de los comensales de las mesas de alrededor ponía cara de extrañeza. Yo sin embargo no estaba demasiado feliz, ya que, tras mucho aguardar, las camareras sirvieron a todos unos platos bastante abundantes, siendo la excepción una especie de micro-lasaña de carne que me tocó a mí. Para la hora de los postres, yo ya tenía un agujero en el estómago y un cabreo de mil demonios, con lo que me dedicaba a amenizar con improperios sobre el local a todos los que me rodeaban. Finalmente, pedí un postre exageradamente calórico y me calmé.

Al caer la tarde nos encaminamos hacia la torre de Hércules, el impresionante faro de la ciudad, para hacerle también alguna fotografía. El tiempo amenazaba lluvia, pero por suerte aguantó hasta el día siguiente. Sin embargo, en esta ocasión nuestro gozo acabó realmente en un pozo… en Coruña iluminan el faro al anochecer, para hacerlo más atractivo a la vista, y eso nos chafó cualquier posibilidad de tomar una foto presentable: al caer la tarde, el cielo era demasiado luminoso y, cuando por fin se puso totalmente el sol, las luces que iluminaban el faro lo quemaban inevitablemente (y mucho). Total, que entre uno y otro, la casa por barrer y la foto a la papelera. Al menos cenamos muy bien en un restaurante cercano a la edificación, e incluso nos atendieron rápido, algo es algo.

El día de vuelta a casa fue tan trágico como resultan, en general, todas los regresos de vacaciones, por cortas que éstas sean. Decidimos ir hasta el cabo Finisterre antes de marcharnos definitivamente de Galicia para ver, al menos, el aspecto del faro. Fue un craso error, ya que el pueblo celebraba algún tipo de fiesta y el acceso al edificio estuvo cortado hasta casi las tres de la tarde, con lo que tuvimos que dar media vuelta y volver por donde habíamos venido. Gracias a ello dimos un rodeo de 70 kilómetros, con lo cual, cuando decidimos comer estábamos a no más de media hora de camino de Muxía en dirección Asturias (esto es, no habíamos recorrido prácticamente nada). Después rodeamos otros 150 kilómetros más, ya que a todos nos pareció muy sensato volver a Asturias por León para “evitar las caravanas de la costa”. Si a esto sumamos el mal tiempo y el monstruoso atasco en el que nos vimos inmersos por culpa de un desgraciado accidente que se produjo a la altura de Pola de Lena, ya en Asturias, todavía me sorprendo de que no llegáramos a casa más tarde de la una de la madrugada. En fin… la próxima vez, procuraremos ir durante más tiempo🙂.

Una respuesta a La costa de la muerte.

  1. aj dice:

    Plas, plas, plas…..

    Vamos, menuda cronologíoa del viaje…. Lastima que al final no fuese tan fructifero como pensabaís (mejor podíais haber venido a la Kdd de Daboweb🙂 )

    Las fotos de los faros son muy chulas…

    Pues nada, al año que viene os venís por los Monegros que no tiene nada que envidiar a las Bardenas🙂

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