Yo no estuve en Espinaredo.

Parece ser que allá, en la Noche de los Tiempos, se celebró un rito de vital importancia cerca de un minúsculo pueblo asturiano. El lugar elegido fue un pequeño núcleo de montaña, denominado Espinaredo, que por azares de la vida está cercano a Infiesto. Si se consulta en el Diccionario de la Real Academia el significado del nombrecillo veremos que no existe tal entrada, sin embargo, el topónimo evoca lugares plagados de agujas, muy apropiados para que se lleven a cabo todo tipo de ceremonias oscurantistas fuera del alcance de miradas curiosas.

Yo no estuve en Espinaredo.

Pues bien, en aquel lugar místico se dieron cita, años ha, varias figuras clave del panorama fotográfico nacional para celebrar un rito de hermanamiento y unión de sangres. Al parecer, las operaciones pasaron por alquilar un hotel cercano a la zona en un lluvioso día de otoño y realizar posteriormente una expedición al lugar sagrado, un bosque cercano al área recreativa de la Pesanca. Lo que sucedió allí nadie lo sabe excepto ellos mismos, pero las leyendas cuentan que apareció el Espíritu de Espinaredo y habló con todos ellos para posteriormente bendecirlos y declararlos hermanos fotográficos eternos. Tras esto, llenó sus tarjetas de fotones y desapareció. Nada sería igual a partir de aquel momento ya que nuestros amigos pasaron a constituir parte de una red invisible que entrelazaba las acciones de todos ellos, de modo que cuando posteriormente se concibió la creación de Caborian, en el aquelarre de Llanes, el Espíritu aleteó de nuevo para volver a bendecir a todos los iniciados, estuvieran directamente implicados en la gestación del proyecto o no.

Como actual miembro del arcano Consejo Caborian, y siendo consciente de mi situación de paria arrejuntado que no recibió la mirada del Espíritu aquella primera noche mágica, me propuse, para intentar alcanzar la paz definitiva, hacer la peregrinación en solitario al lugar que los reunió a todos por primera vez. Tenía la esperanza de que el alma divina de los bosques se presentara también ante mí y me validara de una vez por todas.

La primera vez que aparecí por el pueblo encontré en él una cándida estampa costumbrista, y hablo de estampa porque la abundancia de casas rurales en la zona hacía que toda idea de lugar místico alejado de la civilización se diluyera miserablemente. Sin embargo, decidí pasar por alto el tema y reconducir mis pasos al bosque cercano. Lo primero que observé cuando llegué a su linde fue un gran aparcamiento con bastantes coches, algunos de los cuales tenían puesta la música mientras sus dueños bailoteaban alrededor de los mismos. Esto no me desagradó, ya que sin duda se debía a que había llegado a una zona libre, con claras reminiscencias al amor universal y la cultura hippie. No vi, sin embargo, que aquellos miserables vocingleros vistieran prendas muy al uso en los años 60, pero luché por ignorarlo.

Una vez me puse a caminar bosque arriba las cosas cambiaron. En primer lugar llegué al punto en el que sabía que nuestro padre y gurú se había lesionado en una caída, unas pequeñas cataratas bastante resbaladizas. Me encaminé hacia ellas, con la cámara y el trípode en ristre, con la esperanza de sufrir yo una experiencia similar, ya que en muchas ocasiones el dolor físico y el traumatismo craneal son previos a toda una serie de comunicaciones y charlas esotéricas, algunas de las cuales duran toda la vida, según la gravedad del golpe (Carlos Jesús, sin ir más lejos, era un tipo normal hasta que se electrocutó con una línea de alta tensión y alcanzó sus poderes legendarios). Sin embargo, estaba claro que el alma del bosque no me reservaba a mí un destino tan satisfactorio. Tras una serie de resbalones inciertos acerté a realizar algunas fotos, pero no vi que mi vida corriera serio peligro, así que seguí ascendiendo, convencido de encontrar en cualquier momento el altar de la ceremonia.

Yo no estuve en Espinaredo.

Posteriormente, y a medio camino, localicé una zona terriblemente propicia para lo que yo buscaba, un haya grande, de porte impresionante, cercana a un riachuelo. ! La unión de los cuatro elementos, la tierra, el agua, el aire y el fuego ¡ al cabo de un rato me di cuenta de que realmente el fuego no estaba por ningún sitio, así que encendí una pequeña hoguera y comencé a realizar las más variopintas invocaciones a los dioses y ánimas celtas, para que se presentaran ante mí y validaran mi categoría. Todo fue inútil, ni mis súplicas primero ni mis alaridos después lograron la manifestación de la presencia sobrenatural. Estaba desolado, pero sacando fuerzas de flaqueza, continué la dura ascensión.

Yo no estuve en Espinaredo.

Tras andar un buen rato topé con una cascada de cierto caudal, zona bastante agreste de por sí, pero que se reveló en mi conciencia como el posible fin de la búsqueda. Si Jesucristo había permanecido varios días en el desierto para hacerse fuerte y superar las tentaciones del diablo, ¿por qué no podía yo sumergirme en la cascada un periodo de tiempo equivalente para alcanzar nuevos estados espirituales?. Así que, con mucho cuidado, guardé la ropa y la cámara bajo unas piedras y entré en el agua semicongelada para esperar la venida de la Gran Presencia. Realmente, a partir de aquí no sé muy bien lo que sucedió, ya que desperté otra vez en en el pueblo. Al parecer, las gentes de lugar me habían recogido mientras la corriente me arrastraba río abajo, congelado y desnudo. El espectáculo de mi vuelta a la consciencia fue quizá un poco patético, pero tras balbucear algunas explicaciones no muy claras, pude huir en un descuido de los lugareños y volver a subir corriendo hasta el bosque, para ponerme la ropa otra vez y recoger la cámara.

Yo no estuve en Espinaredo.

Todo había fracasado. Terminé la ascensión y desde la parte más alta de la ruta lloré amargamente. Mis esfuerzos habían sido en vano, el Espíritu de Espinaredo no había aparecido y yo sólo podía vivir para lamentarlo. De regreso a casa paré en el hotel donde sabía se habían alojado aquellos primeros privilegiados (iba a preguntar en el pueblo, pero la vergüenza fue superior a mí), sin embargo sus dueños no pudieron ayudarme. No habían visto nada raro, las lámparas no se habían movido aquella noche, el viento no ululaba más fuerte de lo normal, no se oyeron voces, no apareció el macho cabrío ni volaron las brujas en las escobas… “qué ignoranteis sois“, pensé, “no sólo no os habeis dado cuenta nada sino que además pensais que el Espíritu de Espinaredo no existe“.

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